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    Sabes que no es real. ¿Por qué tu cuerpo entra en pánico?

    Sabes que no es real. ¿Por qué tu cuerpo entra en pánico?

    Tus pies siguen en el suelo. Tu cabeza sabe que no hay peligro. Pero tus piernas han decidido que no van a dar ni un paso más.

    Viaje a los límites del metaverso

    Te colocas las gafas. Miras hacia abajo y, de repente, estás en lo alto de un rascacielos.

    La parte racional de tu cerebro conoce perfectamente la situación: sigues dentro de una sala, el suelo está bajo tus pies y no corres ningún peligro. Aun así, las piernas se tensan, el corazón se acelera y dar un simple paso hacia delante parece una idea terrible.

    No es teatro. Tampoco significa que seas especialmente miedoso.

    Tu cuerpo está respondiendo a lo que ve.

    Tu cerebro no espera a comprobarlo todo

    Cuando aparece una posible amenaza, el cerebro no organiza una reunión para decidir si el peligro es real. Primero activa una respuesta rápida y después hace las comprobaciones.

    Es un mecanismo bastante útil. Si algo se acerca a toda velocidad, reaccionar antes de analizarlo puede evitarte un golpe. El problema —o la gracia, cuando estás jugando— es que la realidad virtual puede proporcionar suficientes señales visuales y espaciales para activar esa misma alarma.

    Tú sabes que estás en Playbox. Pero tus ojos dicen que hay un precipicio.

    Estar dentro cambia las reglas

    Una película de terror puede darte un susto, pero siempre existe una frontera clara: la pantalla.

    En realidad virtual, esa frontera desaparece. No estás mirando una habitación oscura desde fuera; aparentemente estás dentro de ella. Si una criatura se acerca, invade tu espacio. Si escuchas algo detrás, puedes girarte para buscarlo. Si el suelo desaparece, no existe un marco alrededor de la imagen que te recuerde constantemente que todo es ficción.

    Esta sensación se conoce como presencia: el momento en que tu cerebro comienza a tratar el entorno virtual como el lugar en el que te encuentras.

    No hace falta olvidar que llevas unas gafas. Puedes saber que todo es digital y, al mismo tiempo, reaccionar como si estuviera sucediendo.

    El vértigo virtual también mueve el cuerpo

    Para mantener el equilibrio, el cerebro combina la información de la vista, el oído interno, los músculos y las articulaciones. Normalmente, todas esas señales cuentan la misma historia.

    En VR puede ocurrir algo muy extraño: tus pies notan un suelo completamente estable, pero tus ojos aseguran que estás a cuarenta metros de altura. Ante esa contradicción, algunas personas se quedan rígidas. Otras doblan las rodillas, se inclinan hacia atrás o buscan algo a lo que agarrarse.

    No es solo una impresión. En experimentos con alturas virtuales se han registrado cambios en el ritmo cardiaco, el nivel de estrés y el movimiento corporal relacionado con el equilibrio. Aunque no exista un precipicio real, el cuerpo puede prepararse para él.

    Los monstruos también respetan tu espacio personal

    Nuestro cerebro calcula continuamente qué objetos están lejos y cuáles han entrado en el espacio más cercano al cuerpo. Una criatura en una televisión puede ser enorme, pero sigue estando al otro lado de la pantalla. En unas gafas de realidad virtual puede acercarse hasta quedar a pocos centímetros de tu cara.

    Ahí la reacción cambia. Puedes apartarte, levantar las manos, cerrar los ojos o intentar golpear algo que no existe. Y si el sonido espacial sitúa un ruido detrás de ti, el cerebro interpreta que hay algo en una zona que no puedes vigilar.

    Los desarrolladores de terror conocen muy bien esta debilidad. A veces no necesitan enseñar al enemigo: basta con hacerte escuchar sus pasos.

    Sentir miedo puede resultar divertido

    Parece contradictorio, pero buscamos montañas rusas, películas de terror y videojuegos precisamente porque permiten experimentar peligro desde un lugar seguro.

    La realidad virtual añade algo especial: tú no eres el espectador. Tienes que decidir si avanzas, huyes, miras detrás de la puerta o dejas que otro miembro del grupo vaya primero.

    Cuando termina el momento de tensión, esa mezcla suele convertirse en alivio, risas y una historia que el grupo recordará después. Especialmente si alguien aseguró cinco minutos antes que no se asustaba con nada.

    Entonces, ¿la realidad virtual engaña al cerebro?

    No exactamente. Tu cerebro no cree necesariamente que hayas sido transportado a otro lugar. Lo que ocurre es que recibe señales suficientemente convincentes como para comportarse durante unos instantes como si el entorno mereciera una respuesta real.

    La pregunta interesante no es si sabes que el precipicio es falso.

    La pregunta es si serás capaz de dar el paso cuando lo tengas delante… 😏

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